CICLO LECTIVO 2017

Ante el desafío de un nuevo comienzo tanto en nivel Secundario como en el nivel Superior de Formación Docente, compartimos un fragmento del discurso de Maximiliano Lagarrigue, rector de nuestra institución, en la apertura de este ciclo lectivo.

“Que la escuela ha cambiado, que ya no es como antes, más que una verdad de perogrullo, es una invitación a pensar el por qué y el cómo de las transformaciones en las subjetividades, en las relaciones de autoridad y en las formas de producción, circulación y legitimación del conocimiento en las sociedades contemporáneas.

Si la escuela cambia es porque la sociedad también lo hace, y en este sentido, nuestra primera responsabilidad como docentes (actuales y potenciales) radica en comprender que la educación es  un proceso a la vez político, histórico y social. La escuela no sólo no es ajena a las mutaciones en  el ámbito de la ciencia y la cultura, sino que está sobredeterminada por lo que ocurre en el mundo del trabajo, la economía y las políticas públicas. Y si bien lo dicho parece una obviedad,  lo cierto es que al ser tan obvio, solemos perderlo de vista.

Así por ejemplo, hace parte de cierto sentido común, la idea de desvincular a la escuela de los fenómenos políticos, económicos y sociales más amplios, con excepción de la relación educación-trabajo que, en todo caso, es tomada en un sentido restringido (educar para trabajar y trabajar para hacer dinero) y sólo para algunos sectores de la sociedad (los más pobres). Como consecuencia, y en términos generales, la práctica educativa parece definirse y configurarse en forma ajena a lo que sucede en el país y en el mundo,  como algo que nada tiene que ver con la política o con la economía.

Estas dos esferas son vistas como asuntos que competen a los expertos: políticos o economistas, o bien reducidas y banalizadas a las opiniones que circulan en los medios de comunicación. El resultado es una escuela que en lo cotidiano atiende a los efectos vivos de las decisiones de la política y la economía (sobre los alumnos, las familias y los docentes) pero que no llega a entender cuál es su papel más allá de la urgencia del día a día.

¿Y en qué radica este papel? Básicamente en transformar lo que existe. Pero no transformar en un sentido darwinista, enseñando la adaptación individual a la supervivencia; o  la “conversión de la crisis en  oportunidad”, como reza cierto credo  empresarial; sino transformar en un sentido crítico: produciendo nuevos sujetos, nuevas prácticas, y en definitiva, una nueva ética.

Ahora bien, la misión transformadora de la escuela no está exenta de contradicciones. Sabemos que la educación es, en primera instancia, un discurso legitimador y reproductor de lo existente. Pero sabemos también que la escuela puede levantar la mirada, estar atenta al tipo de sociedad en el que se inscribe y proponer, con todas las dificultades que esto implica, interpretaciones alternativas de la realidad y prácticas liberadoras.

El docente es un actor clave en la reconstrucción  del sentido ético y sociopolítico de la educación y  la sociedad. Una ética sólida forja el carácter de las personas. Y la formación de éste carácter es la responsabilidad que acepta el docente cuando decide dedicar su vida a educar a otros”.

 

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